Cuando supe lo desafortunados que fueron nuestros vecinos de Pinar del Río tras el paso del huracán Ian, preparé una mochila y, con la cámara en la mano, me puse en camino hacia el municipio Viñales, uno de los más afectados por este fenómeno.
Al llegar, pude percibir que en el centro de la ciudad había daños en el tendido eléctrico: muchos postes de electricidad partidos, o bien en el suelo. En las afueras, en pueblos cercanos como Cuajaní, República de Chile y Puerto Esperanza, se notaban más los estragos en las viviendas rurales con techos de zinc y paredes de tablas. Los mayores perjuicios estaban localizados en las vegas de cultivos: el tabaco de la provincia sufrió daños extremos en un 80 %. También el café y el plátano fueron devastados casi en su totalidad.
Conocí a varios abuelos que lo habían perdido todo, desde sus cultivos hasta sus viviendas, el trabajo de una vida entera. A pesar de tanto desastre, estas personas me brindaban lo poco que tenían.



















