Cuando los conquistadores españoles fondearon sus naves en la ensenada de Bariay, el 28 de octubre de 1492, ignoraban que los aborígenes que habitaban la Isla conocían las virtudes del uso de la sal marina en la conservación de aves y pescados. Serían, pues, los indios descendientes de la etnia arahuaco, originarios del delta del río Orinoco, los primeros salineros cubanos.
El archipiélago cubano, situado en el extremo occidental del mar Caribe, tiene el privilegio de un clima tropical con abundantes horas de insolación y una masa de aire seco movida por los vientos alisios, lo que facilita la producción de sal cristalizada a partir del agua de mar.
La explotación de las salinas depende de cientos de hombres y mujeres que enfrentan la agresividad de un medio altamente corrosivo, en un escenario natural que se torna cada año de mayor complejidad a causa de los efectos del calentamiento global y la creciente espiral del cambio climático.
Cuba posee suficientes reservas para avanzar hacia el crecimiento y desarrollo de la industria salinera, pero la modernización de infraestructuras y la reingeniería de los campos salinos es un paso cada vez más necesario.



















