Desde que tengo uso de razón siempre han estado ahí, deambulando por las ciudades, esquinas, zonas concurridas. En mi ciudad natal, Santiago de Cuba, podías encontrarlos principalmente en las calles Enramadas o Aguilera, más tarde en el Parque Céspedes y en la Plaza de Marte. No pedían mucho, solo algunos centavos para completar un café, un pan con lo que tuviera o un cigarrillo y, sobre todo, en silencio, la comprensión de que somos lo mismo.
Siempre han estado ahí, hasta cuando “sorprendía” alguna visita oficial y los organismos corrían para mostrar sus mejores “vestimentas” limpiando las calles de su presencia como si fueran una enfermedad que hay que erradicar, momentáneamente. Algunos ómnibus Girón los recogían y los trasladaban a no se sabe dónde ni en qué condiciones.
Mientras estudiaba mi primera carrera universitaria, comencé a trabajar como guardia de seguridad en una Unidad Presupuestada de Salud Pública, por lo que muchas veces debía rotar por centros para personas discapacitadas. Ahí había de todo: desde maltratos solapados a ancianos y jóvenes allí albergados, hasta saturación de pacientes. Todo el día sufriendo la insensibilidad de una parte del personal médico.
Muchos rostros han ido engrosando la lista de esos que llamaron “disfrazados”. Seres anónimos que se van multiplicando sin pausa y pero con prisa. Ya no solo personas discapacitadas abandonadas por la sociedad, también maestros, deportistas, médicos, obreros, abuelos y abuelas, así como militares condecorados que una vez le entregaron su vida a esa “Revolución” que ahora no los quiere ni ver. Han tenido que despojarse de su dignidad mientras el gobierno los abandona y mira por encima del hombro, teniendo que lanzarse a las calles a “cazar” su sustento en vez de descansar luego de una vida de trabajo. Muchos perecen en el camino, agotados, hambrientos, enfermos.
El incremento de la población envejecida en Cuba es un hecho, y su desprotección también. Es un reto llegar a una cifra exacta, pero cada vez son más frecuentes las personas buscando en la basura o pidiendo dinero para llevarse algo a la boca, pues no tienen otra forma de seguir vivos.
Estas imágenes son prueba de ello.
















