Desde hace algún tiempo, a medida que la crisis económica cubana se agudiza, en algunas de las calles más transitadas de La Habana –Galeano, Reina, Ejido, Monte, Águila, entre otras–, proliferan puestos ambulantes con los productos más insospechados. Los vendedores operan bajo cierta clandestinidad; sus artículos son tan precarios que la policía apenas los reprende.
Frascos de perfume vacíos, ropa de uso, algún que otro zapato ya gastado, mustios objetos decorativos, piezas de plomería de segunda mano, páginas de revistas para adultos, todo ese compendio forma parte de la cambiante geografía de estas calles. Productos modificados, alterados por los vendedores para cumplir otra función, desde vasos hechos con botellas de cristal hasta un rastrillo de jardinería utilizado como percha de ropa. Estos mercaderes cubanos han cambiado la geografía social de estos lugares con una avalancha de productos impensables.




















