La tragedia de San Isidro

"Hay un solo camino hoy y es el de la libertad y la justicia. La libertad física de Denis significará el fin de la huelga en San Isidro y algo debe quedar claro: Denis nunca debió estar preso."

Afuera llegan transmisiones en vivo, declaraciones en los medios, crónicas narradas en primera persona. La tragedia se cuenta en tiempo real, se vive en tiempo real –si tienes la fuerza para ver rostros debilitados, gritos, llanto, ayuda, pobreza, tiendas de campaña…

Adentro se vive lo dramático, los diferentes rostros de la huelga, el que hizo hambre, sed, silencio; el que hizo hambre y sed; el que no hizo huelga y le toca ver cómo mengúan las fuerzas de quienes están a su lado. La demanda es simple: la libertad de un hombre. Se llama Denis Solís, pero antes se llamó Luis Manuel Otero Alcántara y mañana podrían ser Anamely, Katherine, Ileana, Omara. La demanda, de tan simple, parece imposible de alcanzar. Si los hechos no ocurrieran en un país donde lo injusto es legal, donde el pensamiento diferente se criminaliza y se persigue, donde la policía entra a viviendas sin autorización ni órdenes judiciales, donde defenderse ante el allanamiento de morada perpetrado por una fuerza del orden público es considerado un acto de desacato y no de legítima defensa, los hechos no habrían ocurrido en primer lugar. Si la libertad de Denis fuera sencilla de conseguir, si el sentido común y los principios básicos de la democracia guiaran las leyes y acciones políticas en Cuba, Denis no estaría preso y hoy no habría huelga.

Un Luis Manuel Otero Alcántara que le debe su libertad a la presión ciudadana dice en su más reciente transmisión en vivo que solo quienes estamos fuera de esa casa podemos salvarlos. Es difícil tener tanta fe. Pero si alguien puede creer que hay alguna forma de que los de afuera salven a los de adentro es Luis Manuel. Luis Manuel, salvado; hoy deja de tomar agua y de comer por Denis. Y pide que lo salvemos. Una circunstancia desestructurada e imperfecta nos sitúa en el mismo lugar y en el mismo tiempo histórico: a nosotros, a Luis Manuel, a Denis. Los minutos de la huelga se miden en un reloj publicado por las revistas Rialta y El Estornudo: 2 días, 23 horas, 53 minutos. Quedan siete minutos para los tres días. Siete minutos que pasarán mientras se escribe este editorial. Si el reloj apuntara a la vida se detendría ahora mismo, haría una pausa, y con esa pausa se llenarían de fuerza los huelguistas antes de seguir; pero el reloj –como la huelga– apunta hacia la muerte. Cada segundo que pasa Denis en prisión es uno menos en la vida de quienes están en la casa de Damas 955.

La huelga comenzó por la represión de protestas pacíficas. Pocas cosas son tan pacíficas como la poesía. Hay que tener mucho miedo para temerle, también, a la poesía. Esperaban que San Isidro callara tras el juicio exprés realizado a Denis, y San Isidro susurró. Esos susurros poéticos que atravesaron el mar y llegaron a Miami y a Madrid, a Ciudad de México y a Nueva York, fueron tan peligrosos, esa mezcla de pensamiento en verso como forma de resistencia fue tan novedosa que el Poder, acostumbrado a gritos y palos, no encontró una forma de defenderse que fuera equivalente. Podían haberse caído a versos: los verdugos de Denis con la prosa de Manuel Cofiño; los huelguistas –que ya no hubieran sido huelguistas– con las palabras de Heberto Padilla; Mijaíl Sholojov contra Walt Whitman en plena Plaza de la Revolución, una simultánea de poemas como antes hubo simultáneas de ajedrez. Se hubiese quedado corto el Poder en su arsenal de versos porque la poesía nace libre. Es un lenguaje que no entienden: el de la paz, la generosidad, la compasión. Si la poesía se susurra, además, es aún más poderosa. Libera. Conecta. Y ya sabemos qué tan peligroso es un pueblo conectado.

Hay un solo camino hoy y es el de la libertad y la justicia. La libertad física de Denis Solís podría significar el fin de la huelga en San Isidro y algo debe quedar claro: Denis nunca debió estar preso. Sería un error que el Poder entendiera la libertad de Denis –cuando llegue, que va a llegar– como una concesión al Movimiento San Isidro, como un pago a cambio de silencio. Significaría que no entendieron nada. Que no entendieron nada ya lo demostraron cuando esperaron silencio a cambio de la libertad de Luis Manuel y recibieron desobediencia civil. Ningún gobierno democrático le teme a la desobediencia civil. La protesta, en forma de susurro o de grito, es una expresión validísima de ciudadanía. Debería temerse más al silencio cómplice que al grito honesto. El grito sería voz serena si hubiera alguna posibilidad de interlocución, de diálogo. El grito no sería grito si el oficial de la Seguridad del Estado apostado fuera de la casa de Anamely la escuchara, que es lo único que pide en uno de sus más recientes videos. Anamely susurrando “escúchame”, el hombre interrumpiendo; Anamely diciendo “escúchame”; el hombre interrumpiendo; Anamely gritando “escúchame”; el hombre dándole la espalda. Anamely entrando a la casa y tirando la puerta. Hay una ironía abrazadora en esos segundos. Hay una historia de 60 años resumida en esos minutos. Anamely deja de ser Anamely y es cada uno de los ciudadanos que alguna vez pidió ser escuchado. Esa parte que prefirió morir en el mar, cruzar la selva o hacer huelga de hambre, a la indignidad del silencio.

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Revista digital hecha desde Cuba para ampliar y diversificar la información sobre el impacto del cambio climático en poblaciones vulnerables del país, mediante la producción de investigaciones periodísticas en diferentes formatos y géneros.
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