De la Rosa era fotógrafo ambulante. Lo veías venir a la legua con dos grandes sombreros, uno mexicano y el otro tejano, un salvavidas inflable y una cámara de carrete sin rollo cruzada al cuello. Vestido así para atraer la atención de los niños, creo que más bien les provocaba miedo antes que curiosidad. Hablaba mucho, con cualquiera. En una ocasión le hice un retrato en el que sacaba la lengua y abría mucho los ojos, apoyado en una esquina de la Plaza de la Soledad en Camagüey.
De la Rosa frecuentaba parques infantiles y, haciéndose pasar por loco, vivía de la fotografía. Hace un tiempo me lo encontré sentado frente a su casa, vendiendo algunos objetos sobre la acera, y le mostré mi libro. Al ver su retrato, me volvió a sacar la lengua como en la foto. En ese momento, pasó un conocido suyo en bicicleta: “¡De la Rosa!”. A lo que este respondió efusivo: “¡Ni las espinas!” (Texto y foto: Juan Pablo Estrada).








