El pasado 19 de junio —Día de los Padres— pasé por el reparto Bahía. En el lobby de uno de los edificios de doce plantas, tan populares en esta vecindad, despuntaba una piscina inflable de tamaño medio. Un veinteañero, quien había emigrado a los Estados Unidos hacía pocos años, estaba de visita en la Isla y había decidido hacerle un regalo a su comunidad, a la gente del barrio que lo vio nacer y crecer (Texto y foto: Manuel Almenares).








