El 14 de febrero de 2022 Jenifer cumplió uno de sus anhelos: casarse. Vestirse de blanco ese día no la hizo más pura, pero sí más feliz. Su pureza, o mejor, su decoro, su integridad, consiste en ser una excelente hija, una amiga fiel, y en amar a su esposo.
Jenifer tiene 33 años y trabaja en un hogar de ancianos. Como el salario no le alcanza ni para llegar a mitad de mes, revende ropa a través de las redes sociales. A veces se da el gusto de salir a divertirse. Le encanta bailar, maquillarse, ponerse elegante. Hace poco logró permutar la espaciosa pero deteriorada casa donde vivían por un apartamento amueblado y confortable. A veces mira junto a su esposo las fotos de la boda. Les encanta revivir emociones: la entrada a la sala, arrastrando su largo vestido; el intercambio de anillos; cuando la pastora de la iglesia dijo: “Ya pueden besarse”. También la fiesta, su madre cantando y bailando a ritmo del karaoke.
A veces se le va algún que otro suspiro, mientras piensa en todos los sueños que le quedan por delante. Entre sus prioridades está cambiarse el nombre. En su carné de identidad todavía dice Julián Zamora Dueñas, cuando en realidad ella es Jenifer desde que a los 15 años comenzó a vestirse como una chica. Después estará casarse por el Registro Civil, porque está segura de que el nuevo Código de las Familias será aprobado. Su otro gran sueño lo sabe más lejano y difícil, pero no deja de imaginarlo con los ojos cerrados: está en su habitación, frente al espejo, luego de haber tomado una ducha, cuando desata la toalla blanca que envuelve su cabello largo y húmedo, este le cae, frío, sobre los senos… Entonces abre los ojos y ve reflejado el cuerpo de mujer que siempre ha tenido en su mente (Texto y foto: Néster Núñez).








