La mañana del 27 de septiembre de 2022 fue ordinaria para mí. La tranquilidad de mi cuarto me hacía dudar sobre la cercanía del huracán. Vivo muy cerca del litoral habanero, a unos escasos metros del muro del malecón, y aunque sentía un poco de viento nada parecía tan alarmante como para no salir con mi cámara, como de costumbre.
Luego de andar un rato por los barrios que siempre frecuento, percibo fuertes rachas de viento a intervalos, mientras escucho los sonidos de fragmentos de zinc y otros objetos en la calle, probablemente arrancados de techos y balcones. En muchas esquinas había escombros y en los parques se acumulaban ramas y árboles caídos.
En mi itinerario puede contactar con jóvenes voluntarios de la Cruz Roja cubana que realizaban la evacuación de familias vulnerables. También visité un albergue en la calle Corrales, donde se encontraban personas afectadas por los vientos y las lluvias.
Casi en la noche recorrí el barrio Los Sitios, afectado por el apagón total que se extendió por más de 12 horas en todo el país tras el paso del huracán.


















