La historia de Betty comienza con un peinado alborotado y maltrecho. Centro Habana fue el escenario. Betty, una niña de 11 años, tiene mucho que contar. A su corta edad es, ante mis ojos, casi una adulta.
Kemely, Dayma, Raymo, Liam y Anyelo, sus primas y hermanos, son sus mejores juguetes. Como pequeña que juega a las casitas en la vida real transcurren sus días; la escuela es para ella una tarea secundaria. La dinámica del hogar es muy cambiante, todo un hervidero, personas que entran y salen. Marlene, abuela y patrona de la casa, a sus 52 años lleva la mayor parte del sustento del hogar. Su mamá y la tía Jennifer no se esfuerzan en estar; su tarea diaria es “la luchita”.
En ocasiones puede ser hiriente solo observar. Tener un sitio estable para vivir es quizás una ilusión que se hereda de generación en generación; todas confluyentes en un mismo espacio. Betty solo quiere “ser grande y volar”, murmulla cada vez que le toca, otra vez, jugar a las casitas.



















