Hace meses regresé a vivir a la casa de mi madre. Regresé tras la ruptura definitiva de un matrimonio de dieciséis años, con un niño de doce, a una casa donde hubo planes de remodelación y vida familiar, pero otro rumbo fue marcado. Mi hijo pasaría la cuarentena con su padre: allá viven también sus primos y tíos, y las necesarias teleclases podían ser atendidas mejor entre todos.
Me quedé sola. Mi casa, mi historia, mis recuerdos y mi vida recomenzaron en cuarentena.
Los riñones me jugaron una mala pasada y ante la falta de medicamentos y los problemas de sueño, las tizanas ayudaron mucho.
Sentarme en mi balcón se convirtió en una rutina y un privilegio. Bajo el edificio se encuentran dos de los mercados más surtidos de Santa Clara. Los gritos y aspavientos de la cola llegaban lo mismo al mediodía que de madrugada. Comencé a fotografiar la vida fuera de mis paredes, la que veía y escuchaba desde mi ventana.
La vida que no compartía con nadie.










Este proyecto fue apoyado a través del programa de Microgrants Check Global COVID-19.








