Aquella señora aferrada a su pañuelo, abriéndose paso entre la multitud del ómnibus P5, el penúltimo día con transporte público en La Habana, sería el preludio de mis tres meses de cuarentena lejos de la capital.
El regreso a Santa Clara me ha llevado por calles solitarias.
La vida pública aparece ahora enmarcada, constreñida por barrotes y hendijas. Las rejas como hipérbole de contención al ladrón, a la visita, al morador.
Los cristales como espejismos de un mundo paralelo y oportunamente distante.
La sensibilidad en busca de otros horizontes privados.
Más allá de las colas y sus policías, siempre surrealistas, la vida convulsa de una ciudad en cuarentena debe buscarse puertas y ventanas adentro.










Este proyecto fue apoyado a través del programa de Microgrants Check Global COVID-19.








