“Yo soy el hombre más viejo que hay en Cuba en esto de los tatuajes”, comienza diciendo Julián, de 73 años. Es un hombre singular, con aspecto de roquero. En su piel se dibujan muchas historias; sus manos han tejido otras tantas, pero el amor por su religión Abakuá siempre fue la guía mayor.
Su cuerpo, marcado por la tinta, nos dice más que su dueño. Trato de ser discreto y no preguntar de más, pero no puedo dejar de mirar esas letras, los dibujos que parecieran a medio acabar, los indios en sus brazos y el Ireme (diablito enmascarado en la cultura Abakuá) que se tatuó él mismo, a los tres días de haberse “jurado”. Para Julián su religión es hermosa, aunque reconoce que no todos han sabido respetarla.
Luego de tantos años como tatuador, Julián descubrió a través de un amigo el arte de confeccionar Iremes. Ha logrado colocar sus obras en varios países del mundo (Foto y texto: Jorge Bonet).








