Fausto Fernández era humilde y un tanto excéntrico: guardaba su televisor en una jaula de hierro con candado, ataba al carro de su vieja máquina de escribir un elástico que restauraba el mecanismo de retorno, y conducía por la ciudad de Camagüey su bicicleta 28 china. Vivía solo. No había en su casa ni cámaras ni película fotográfica y, sin embargo, cuando lo conocí, ya había enseñado las herramientas del oficio a más de una docena de artistas. Era para nosotros lo que Cartier-Bresson llamaba un “padre espiritual”.
Apenas una pared y un cuaderno contenían sus propias fotos, y ese era todo el material de estudio con el que Fausto enseñaba fotografía. Gran conversador, prefería los temas de actualidad política y de cine. En cierta ocasión le pregunté por algunas fotos suyas que noté faltaban en su casa. Me dijo que las había roto y echado a la basura. En la próxima visita me las entregó sonriente, toscamente restauradas con baje. Siempre las guardo.
Murió a principios de la pandemia (Foto y texto: Juan Pablo Estrada).








