El ímpetu creador que se respira en la Universidad de las Artes (ISA) no proviene precisamente de un salón de clases, sino de las paredes de concreto de la Beca. En ese edificio azul estilo “Girón”, que nada tiene que ver con la emblemática arquitectura del ISA, se hace más arte de lo que me atrevo a reconocer. Sus residentes, enfrentándose a las responsabilidades que su cualidad les exige, han llegado a instaurar un nuevo estilo de vida.
Ser becado no es fácil y ser becado en una universidad cubana, lo es menos. La vida en la residencia estudiantil no es ajena a la situación por la que atraviesa el país. Cuando a tus padres no les alcanza el dinero para ayudarte y el estipendio no cubre ninguna necesidad básica, no queda más opción que trabajar.
En la Beca conviven pintores por encargo, diseñadores, dulceros, productores musicales, tatuadores, etc. Conocí hasta un muchacho que no solo ha encontrado su propio estilo de arte corporal, sino que ha sabido burlarse de los implacables “apagones” adquiriendo una máquina inalámbrica para tatuar. La necesidad se ratifica como la verdadera madre de la enseñanza. Ese edificio prefabricado, distante del patrimonio nacional que le rodea, es la auténtica Universidad de las Artes.




















